“El primer libro que yo recuerdo, y lo conservo, era Juan Salvador Gaviota, de Richard Bach. Y yo decía qué padre, yo soy esa gaviota’”.
Por Mario Díaz (El Master).-
Hay libros que nacen de una idea y otros que nacen de una crisis. CAt Ög, de Elba Castañeda, parece pertenecer a las dos categorías, aunque con una diferencia: en su universo hay gatos, reencarnaciones, sensibilidad, filosofía, inteligencia artificial y, para que nada se ponga demasiado solemne, una buena dosis de chisme cósmico.

La propia autora define su obra como “una fábula de autoficción”. La protagonista, una gatita que es “la más famosa del cosmos”, funciona como su alter ego y recoge buena parte de sus experiencias y preguntas existenciales.
En Ḉḁṫ–Ṍḡ, serás testigo de un viaje fascinante a través de los misterios del universo, donde el dolor y la evolución personal se entrelazan de formas inesperadas. La protagonista, una rebelde gatita cósmica, ha encarnado ya seis veces como humana en la Tierra (¡y créeme, no está muy emocionada por regresar una séptima!).
A lo largo de sus vidas, ha aprendido lecciones difíciles sobre la dualidad de la existencia: luz y sombra, gozo y sufrimiento, lo eterno y lo fugaz. Sin embargo, su negativa a volver refleja un profundo cansancio de las pruebas humanas, aunque su curiosidad felina la sigue manteniendo en juego. Este libro no sólo es una narrativa de fantasía, también es una reflexión sobre las emociones y desafíos que todos enfrentamos.
Elba Castañeda, charla con Café con Letras Radio en donde expone esa sensibilidad tan marcada en su libro.
“Desde muy, muy chiquita, yo siempre hacía preguntas de esas que no esperas de un niño. Preguntas de: ‘Oye, ¿para qué nace uno si al final vas a morir? No tiene como sentido la vida. Oye, bueno, ya estoy aquí, ¿y ahora de qué se trata?’ Y mi papá me decía: ‘Pues de encontrarle el modo a la vida’”.
El problema es que encontrarle “el modo” a la vida no resultó tan sencillo. Las preguntas fueron creciendo y, con ellas, una sensación particular: la de no terminar de pertenecer a este mundo.
“En tantos años fui aprendiendo que no estaba tan mal, que sí existen seres humanos a quienes se les llaman los reminiscentes, que son aquellos que se han negado a olvidar del todo. Y a ese término se le llama añoranza al origen. Y ese es uno de los hilos conductores del libro”.
Ahí entra una de las ideas centrales de CAt Ög: la posibilidad de que antes de llegar a este mundo hayamos olvidado quiénes somos. Elba encuentra incluso un antecedente en la mitología griega, con el río Leteo, cuyas aguas debían beber las almas antes de reencarnar para borrar sus recuerdos.
“Yo siempre hago la broma de: ‘Pues no del todo olvidé. La verdad hice trampita, no me tomé todo el garrafón que bebía’”.
Pero el libro no se queda en la reencarnación. Otro de sus hilos conductores es la alta sensibilidad y esa peculiar experiencia de sentir que “la vida te duele”. Elba explica que existen tres tipos de empatía —cognitiva, afectiva y sensitiva— y que esta última lleva a involucrarse emocionalmente con aquello que ocurre alrededor.
“Entiendo que hay guerra, voy a donar 100 pesitos, pero ¿sabes qué? Voy a orar, voy a hacer algo, voy a mandar la energía, algo, hay que hacer algo”.
Y como no quería convertir sus reflexiones en un tratado psicológico, decidió hacer algo más divertido: ponerles orejas, bigotes, patitas silenciosas y personalidad a sus ideas.


“Yo no soy psicóloga, pero adoro la psicología transpersonal y llevo más de una década estudiándola porque, digamos que ahí encontré refugio y consuelo a muchos de mis tribulaciones como humana. Pero yo no quería que el libro fuera soso, ni que fuera un manual”.
Así apareció el universo gatuno. “Agarro a mi gatito, que un día van a gobernar el mundo y el cosmos”, dice entre risas. Y junto con los gatos llegó la Gaceta Cósmica, una suerte de publicación interplanetaria dedicada, básicamente, a lo que todos los seres humanos disfrutamos, aunque a veces no lo confesemos: el chisme del espectáculo.
“Yo no soy periodista, pero me encanta el chisme”.
La comparación es inevitable y la autora la acepta encantada: “La Gaceta Cósmica es la Paty Chapoy de su cosmos. Puro chisme. Puro chisme, pero del bueno”.
La idea, explica, era agregarle “ese picorcito, ese saborcito extra”, además de utilizar un lenguaje muy mexicano, capaz de cambiar de registro entre la broma y la reflexión.
“Cada personajito traté que tuviera como su voz. A mi entender, porque si ustedes me preguntan: ‘Elba, ¿has estudiado letras?’, jamás. Solo sé que me gusta mucho leer y que tengo mis referencias y hasta ahí”.
Y quizá ahí está una de las mayores particularidades del libro: no nació de una escritora que hubiera planeado durante años convertirse en escritora, sino de una niña que encontró un libro y decidió que algún día escribiría uno.
“Creo que tenía cinco años. El primer libro que yo recuerdo, y lo conservo, era Juan Salvador Gaviota, de Richard Bach. Y yo decía: ‘Es que yo no entendía, bueno, a mis cinco años, lo que yo hubiera entendido. Decía: qué padre, yo soy esa gaviota’”.
El deseo quedó guardado durante décadas. Hace diez años hizo sus primeros intentos con un libro de management (gestión), pero CAt Ög apareció después de un quiebre personal ocurrido tres años atrás.
“Perdí toda la estabilidad de todo: de pareja, de casa, de trabajo, todo, todo”.
Fue entonces cuando un amigo le hizo una sugerencia que terminaría cambiando el rumbo de su vida: si la vida le estaba dando un “break”, aunque fuera “voluntariamente a fuerzas”, ¿por qué no hacer algo que realmente disfrutara?
“Siempre me has dicho que has querido escribir. Escribe, ahorita es el momento”.
Elba hizo caso.
“Yo hoy por eso digo que este es mi libreta de apuntes puesta a disposición de la humanidad”.
Incluso la construcción visual del libro terminó siendo una aventura. Cansada de que los diseñadores no lograran plasmar exactamente lo que imaginaba, aprendió a utilizar inteligencia artificial y pasó horas afinando instrucciones hasta conseguir las ilustraciones que quería.
Y los tres gatos de la portada no son una invención cualquiera: existen o existieron en su vida. Pumpkin, Chai —quien murió después de acompañarla durante 17 años— y Moshi son, de alguna manera, homenajeados en la obra.
“Cuando vives tantos años con un perrito o gatito, te das cuenta que tienen cada uno su personalidad”.
Para construir a sus personajes recurrió al eneagrama y asignó características a sus compañeros felinos. “Eso me hizo ponerle voz a cada uno de ellos de una manera más sencilla, porque conozco su personalidad y el papel que iban a jugar en toda esta trama”.
Y si alguien termina CAt Ög y pregunta qué sigue, la respuesta ya está escrita: habrá segunda parte y tercera.
“Entonces viene la segunda y viene la tercera”.
Así que habrá más gatos, más cosmos y, seguramente, más chisme. Porque si algo queda claro después de escuchar a Elba Castañeda es que para ella escribir no fue solamente cumplir una promesa hecha a aquella niña de cinco años que se identificó con una gaviota.
Fue, también, encontrarle finalmente “el modo a la vida”.

Fábula cósmica instantánea
Elba Castañeda. Ahora, imagínate esto, estás aquí en FIL Guadalajara, vas corriendo a la presentación de tu libro, das vuelta en un pasillo, tumbas a alguien sin querer y cuando ayudas a que se reincorpore te das cuenta de que lo o la conoces. Te disculpas por el atropello, claro está, pero luego le dices: ¿tú eres tal personaje, de tal novela, o de tal cuento, y te escribió tal autor.
¿Quién sería este personaje que te gustaría reconocer, qué le preguntarías, cuál sería esta charla con este personaje?
Antes de responder, Elba Castañeda es innegable que se alegra por la situación que le planteamos, sonríe, su rostro parece iluminarse, cierra los sus ojos y nos lleva hasta su mundo de fábula, de fantasía y sensibilidad:
—¡Chai, discúlpame!
—¿Cómo sabes mi nombre?
—Lo sé porque te vi. Sé que estás en el libro Cat Ög, sé que te escribió Elba Castañeda, una mexicana y cósmica de origen.
—Chai, discúlpame, por favor. Déjame ayudarte a levantarte.
—No, no, no. No te preocupes, como ves caí de pie.
—¡Claro que sí! Es que no sabes… De todo lo que podía haberme ocurrido el día de hoy, jamás me imaginé que iba a toparme contigo. Y mira qué manera de conocernos: ¡ya te aventé!
—Pues no fue tu culpa, pero no importa. Ven, hay que movernos un poquito para no estorbar a todos estos lectores que vienen a la FIL Guadalajara.
—Sigo maravillada, Chai. Es una de esas ocasiones que esperas toda la vida. ¿Te puedo invitar un café? Bueno, eres un gatito… ¿Te puedo invitar croquetas? ¿Un vasito con leche? ¿Qué tomas? Es más, ¿me puedes regalar cinco minutos de tu tiempo? Siempre pensé que, si algún día llegaba a conocerte en persona, quería preguntarte algo.
—Claro que sí, humana. Vamos, tengo tiempo. Ya sabes, yo soy eterno. Pero, a ver, en lo que llegamos a la lechita y a las galletitas —porque yo soy de galletitas, humana, no de croquetas—, esto es cuando vives aquí, en el mundo terrenal. Allá, en el cosmos, la cosa es mucho más divertida.
—Sí, Chai, claro que deben ser galletas. Y tus favoritas son las de chispas de chocolate. Lo sé todo, porque he seguido toda tu historia, toda tu vida y todos los reels que tu humana sube de ti.
—Ah, claro que sí. Bueno, a ver, ven. Pregúntame: ¿qué es lo que siempre has querido saber?
—Siempre he querido saber si en cada vida en que has regresado estás con tu misma humana; si en algún momento decides ya no estar con ella y reencarnas en otra cosa que no sea gato.
—¿Y por qué te interesa tanto saberlo, humana?
—Pues porque yo, hace muchos años, también perdí a alguien muy parecido a ti. Y mi corazón se estruja al pensar que nunca más voy a volver a coincidir con esa persona, con ese gatito, con ese ser. No en esta vida, porque ya se fue, pero quizá en alguna otra.
—Solo te puedo asegurar una cosa: la reencarnación existe y se encontrarán de nueva cuenta.
—Chai… ¡Guau! O… ¡Miauuu! Muchas gracias.
—No, gracias a ti por el empujón, por las galletas, por mi vaso de leche y por el tiempo compartido. Pero ahora regreso al cosmos. ¡Bye!
—Hasta pronto.
Elba Castañeda abre los ojos de nueva cuenta, vuelve a sonreír y abraza con más cariño el ejemplar de su novela.
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