El escritor zapotlense habla de Peores cosas han pasado, de sus procesos de escritura y de la importancia de los talleres literarios en su formación. Entre lecturas, colegas, maestros y personajes, reivindica el ecosistema literario de Zapotlán el Grande y la necesidad de mantener vivo el taller de la Casa de la Cultura.
Por Mario Díaz (El Master).-
Hay ciudades que parecen guardar una conversación permanente con los libros. Zapotlán el Grande es una de ellas. Juan José Arreola nació aquí y convirtió el territorio, sus voces y su memoria en materia literaria.
En ese paisaje cultural, el taller literario funciona como un espacio de encuentro: se llega con lecturas, dudas, ejercicios, cuentos a medio hacer y ganas de escuchar lo que otro tiene que decir. Para Bladimir Ramírez, esa experiencia ha sido parte de su formación desde los 16 años y continúa siendo fundamental para la comunidad de escritores de Zapotlán.

Bladimir Ramírez acaba de hablar de Peores cosas han pasado, una colección de seis cuentos publicada con el respaldo de la Universidad Autónoma de Nuevo León y la Secretaría de Cultura de Jalisco. En sus páginas aparecen taxistas molestos, relaciones humanas, escenarios urbanos, recuerdos de Manzanillo y personajes que parecen surgir de una conversación cotidiana.
Pero detrás de los cuentos hay también una forma particular de trabajar: ocurrencias que aparecen mientras lava los trastes o plancha la ropa, anotaciones a mano, borradores, lectores exigentes y conversaciones con otros escritores. La escritura, en su caso, parece comenzar mucho antes de sentarse frente a una computadora.
“Se nos da bien hacer libros”, reconoce en la charla previa a la entrevista con Café con Letras Radio.
Zapotlán tiene una tradición literaria muy fuerte. Está Juan José Arreola, pero también hay otros autores menos conocidos. ¿Cómo te relacionas con esa herencia?
“Sí, somos parte de esta tradición que tiene su más representativa figura en Juan José Arreola como bien lo dices, te pongo el ejemplo de Guillermo Jiménez quien sería con quien yo me siento muy cercano, sobre todo en el tipo de imágenes que le gusta construir”.
“Refugio Barragán de Toscano, que es la primera mujer en publicar una novela en México (su primera novela Premio del bien y castigo del mal) y me parece que es la primera en América Latina, se publica también por esas zonas de Colima, de Zapotlán, entonces se nos da, digamos, se nos da hacer libros, se nos da como trabajar en torno al libro, pero no solo a los escritores, o sea, creo que hay un ecosistema literario que favorece que podamos escribir y que podamos escribir acompañados”.
Hablas de un ecosistema literario. ¿Cómo se vive actualmente entre los escritores jóvenes de Zapotlán?

“Esto es parte de una nueva camada de escritores que la están rompiendo y bien, o sea, me veo a ver, Hiram Rubalcava, y Alejandro Von Düven, y me llama mucho la atención el que se conserve mucho el taller de Ricardo Sigala”.
“Pasamos por el taller en algún momento, regresamos al taller en algún momento, y seguimos como con esa interacción, y yo creo que parte fundamental para nosotros ahorita en Zapotlán es mantener vigente y activa la cultura del Taller literario de la Casa de la Cultura, porque creo que son procesos de formación muy valiosos”.
La Casa Taller Literario Juan José Arreola, administrada por la Secretaría de Cultura de Jalisco, mantiene actualmente actividades como talleres literarios, círculos de lectura, presentaciones de libros y lecturas públicas, dentro de la infraestructura cultural dedicada a preservar y proyectar la obra del escritor zapotlense.
Para Ramírez, sin embargo, el valor del taller no está solamente en el espacio físico. Está en la posibilidad de aprender a trabajar con otros, escuchar opiniones y entrar en diálogo con distintas maneras de entender la literatura.
Tú llegaste muy joven a los talleres. ¿Qué significó esa experiencia para tu formación?
“A mí, gracias a que estuve en talleres desde los 16 años, ya para cuando tuve que salir un poco más de Zapotlán, tuve la oportunidad de estar en un taller en las Islas Marías, con una beca que ya no existe, que estaba buenísimo, porque era, imagínate, ir a las Islas Marías primero, una beca que es un homenaje a José Revueltas, y que los talleristas sean Eduardo Antonio Parra, Vicente Alfonso, Diana del Ángel, está buenísimo, pero que además tú llegues a esa experiencia, ya con la noción de lo que es un taller y de cómo es, el trabajo de estar en un taller literario, pues fue algo muy bonito para mí.”
En Peores cosas han pasado aparecen escenarios y personajes muy distintos. ¿Cuál es el hilo conductor del libro?
“Muy bien, pues Peores cosas han pasado, se publica gracias a la Universidad Autónoma de Nuevo León y a Secretaría de Cultura Jalisco, entonces primero agradecer esa colaboración, es una colección de seis cuentos, ya mencionabas tú un grupo de personajes que aparecen por ahí en un cuento, los taxistas, muy molestos, con justa razón, pero ¿cuál es el hilo conductor? Yo pensaría que son las relaciones humanas, ya sean familiares, ya sean de pareja, ya sean con el entorno al que pertenecemos”.
“Creo que en mi primer libro me enfoqué mucho en la perspectiva infantil y juvenil, en el descubrirse hombre, en el descubrirse un hombre diferente a los demás, en cómo son las relaciones entre dos hombres y en este libro me propuse deliberadamente buscar otro tipo de personajes”.
La chiclera
En esa búsqueda aparecen también otros territorios. Uno de los cuentos ocurre en Manzanillo, Colima, donde Ramírez recupera la memoria de un personaje popular que conoció durante su infancia.


“Buscar otros escenarios, otras localidades incluso, porque uno de los cuentos, de hecho, el que da título al libro, es una historia que acontece en Manzanillo, Colima, en el mero centro de Manzanillo, hace muchos años, vivía una señora que estaba en situación de calle, y era muy conocida por el folclor local, ella era la Chiclera, y a mí de niño me impactó muchísimo conocerla, ver cómo era, especialmente porque ella era famosa por robar carreolas”.
“Entonces un poco esta portada es una alegoría directa, a este personaje del folclor de Manzanillo, que desconozco si alguien, algún escritor de Manzanillo, de Colima, ha escrito sobre ella, pero pues yo como zapotlense que va seguido a Manzanillo, me impactó mucho este personaje”.
¿Cómo comienza para ti un cuento? ¿De dónde sale esa primera chispa?
“Fíjate que yo soy primero de la ocurrencia, se me ocurre alguna idea, y generalmente las ideas se me ocurren en situaciones muy domésticas, que si lavando los trastes, que si planchando la ropa, que si lavando el baño, entonces se me ocurre una idea, pero la idea es digamos, pues fugaz, es elemental, y a partir de la idea hay como una idea derivada”.
“Por ejemplo, hace ratito cuando iniciamos esta charla yo te decía, imagínate se te pierde un chiquillo ahorita en la Expo, que hay una cantidad absurda de gente, encontrarlo va a estar difícil, y esa es una ocurrencia, después de la ocurrencia tienen que venir como las ideas derivadas, y a veces las ideas derivadas es que no es una buena historia, o que no es una buena historia para mí, porque se nos ocurren muchas cosas, pero ya de ahí a decir, quiero escribir un cuento, y ahí es cuando entran las ideas derivadas interesantes”.
“Ok, se pierde el chiquillo, pero ¿quién contaría la historia? El chiquillo perdido, la mamá que lo perdió, el guardia de seguridad que en realidad es un chavo prestador de servicio que lo tiene que ir a buscar ¿no? O los mismos libros ¿no? Exacto, o el punto de vista es un stand en particular, donde pasa toda la gente”.
¿Y qué tal si la señora trae a los niños principalmente para eso?
“Exacto, exacto, exacto, me deslindo, todas esas posibilidades que te da un personaje o una situación, yo soy también de pensar en situaciones, y ya en el proceso creativo como tal, yo intento escribir un cuento en una sola sesión, o en dos, o en las menos posibles, por una cosa también como de la respiración, como del ritmo que tú traes en ese momento”.
“A veces se complica por la extensión de algunos cuentos, sobre todo en este libro algunos son extensos, pero sí que me gusta hacer anotaciones, escribo casi todo a mano primero, tanto las primeras anotaciones, como los primeros borradores intento que sean a mano, y ya después los paso a computadora”.
Escribir puede ser una actividad solitaria, pero para Bladimir Ramírez el cuento termina de construirse cuando entra en conversación con otros lectores y escritores. Ahí aparece de nuevo la lógica del taller: escribir, mostrar, escuchar, corregir y volver al texto, así lo explica:
“Ahí entra el proceso más interesante, yo creo que es pedir opiniones a los colegas ¿no? Trabajar los textos como tú dices, y ahí es donde creo que ya nos acercamos al texto terminado, que es lo que opinaron los lectores de confianza, que a veces son muy exigentes, y que bueno que así sea”.
“Gracias por las exigencias, imagínate pues, ahorita los que te mencionaba, gente con la que trabajo mis textos, se toma muy en serio la escritura, se toma muy en serio el cuento también, entonces jugar en este patio de juegos, donde la exigencia es alta ¿no?”
Y entonces aparece una de las frases que mejor resumen su relación con la tradición cuentística de Zapotlán:
“Creo que un poco en este momento, ser cuentista en Zapotlán, es como ser futbolista en Brasil, o sea, se nos da bien, pero también la exigencia es muy alta”.
Me regreso tantito ¿Cómo fue convivir con los cuentistas durante aquella experiencia en las Islas Marías?
“Para responder esto te comento que me gusta mucho la no ficción, ahorita estoy trabajando aún narrativa, estoy terminando una novela, que espero ya en estos finales, para pasarla para la lectura ¿no? que es el siguiente paso, pero sobre el cuento, pues imagínate, tener a Eduardo Antonio Parra, uno de los máximos cuentistas de México vivos, y que quizás a la posteridad sea uno de los grandes cuentistas de México, no tengo la menor duda”.
“Tenerlo tres semanas, digamos, bajo tu cuidado, bajo tu interacción, poder conocer a los escritores que fueron en Islas Marías, y conocerlos también en uno de sus lados más humanos ¿no?”
“Ver a Eduardo Antonio Parra lavando sus trastes, ver a Vicente Alfonso preparando hot cakes, ver a Diana del Ángel contemplando el océano Pacífico, y son experiencias que a veces, no puedes tener en una presentación de libro, no puedes tener en un aula universitaria.”
Verlos sin esa tinta dorada con la que muchos los percibimos…
“Exacto, exacto, pero también, las opiniones, las exigencias y todo eso, se vuelve mucho más humano, y dices claro, este comentario, esta sugerencia, no me la está haciendo el autor, no me la está haciendo el maestro, me la está haciendo el artista, me la está haciendo la persona, que tiene un compromiso con la literatura”.
“Y creo que, ese tipo de mentores, ellos tres tienen eso en común, que son mentores, con mucha convicción en la escritura”.
La experiencia no terminó en esos tres nombres. También estuvo la conversación con otros escritores procedentes de distintos puntos del país.
“Creo que todo eso más las amistades que hicimos ahí, imagínate, había gente de todo México, era buenísimo dialogar con gente de Tijuana, de Mérida, de Sinaloa, y cada quien estar con nuestras lecturas, con nuestras inquietudes, eso creo que también, me ayudó también a ver, qué pensaba yo del cuento, estar en ese tipo de diálogos, y ni se diga en la fundación, donde pues, día a día es, cuestionarnos lo que escribimos, para qué escribimos, cómo escribimos”.
Hay una última pregunta o una situación que te presento, imagínate, sales de aquí, vas a otra entrevista, una presentación, golpeas a alguien sin querer, perdón, lo levantas y dices: “ay cabrón, yo te conozco, tú eres fulantro de tal, te escribió tal escritor. Y resulta que es un personaje de una novela, o de un cuento al que le querías preguntar algo, ¿Qué personaje sería para ti? ¿Qué le preguntarías?
“Bien, esa es una buenísima pregunta, esa es la mejor pregunta que me han hecho, toda esta semana, porque en este momento lo tengo muy claro, el personaje sería, La loca del frente, que es la protagonista de Tengo Miedo Torero, la única novela que publicó Pedro Lemebel, y la pregunta que le haría es, ¿por qué no te fuiste a Cuba con Carlos?”

La elección no es casual dentro de la conversación. Tengo miedo torero, publicada en 2001, fue la primera novela de Pedro Lemebel y tiene como centro la relación entre la llamada “Loca del Frente” y Carlos, en el contexto del Chile de 1986.
¿Qué te imaginas que te respondería?
“Pues bueno, no quiero hacer spoilers, ni anticipaciones, para que la gente lea la novela, es una novela maravillosa, y como lo es toda la obra de Pedro Lemebel, mejor léanlo”.
Quizá ahí esté también una de las mejores maneras de entender a Vladimir Ramírez: en el gusto por las historias que dejan una pregunta abierta, por los personajes que continúan viviendo después de cerrar el libro y por las conversaciones que no terminan cuando concluye el cuento.
En Zapotlán, la tradición literaria no parece estar solamente en los nombres inscritos en la historia. También está en los talleres, en quienes regresan a ellos, en quienes leen los textos de los demás, en quienes escriben a mano antes de pasar una página a la computadora y en quienes todavía creen que un cuento puede comenzar mientras alguien lava los trastes.
Para Ramírez, esa comunidad tiene una responsabilidad sencilla y enorme: mantener vivo el espacio donde las historias pueden discutirse, crecer y encontrar lectores. Porque, como él mismo dice, en Zapotlán “se nos da bien” escribir cuentos, pero precisamente por eso la exigencia también es alta.
Para saber:
Refugio Barragán de Toscano
La referencia de Ramírez apunta a una figura particularmente importante para la historia literaria del sur de Jalisco. Refugio Barragán de Toscano nació en Tonila, Jalisco, en 1843 y desarrolló parte importante de su trayectoria en Zapotlán el Grande. La Biblioteca Nacional de México señala que en 1884 se publicó en una imprenta de Zapotlán Premio del bien y castigo del mal, considerada la primera novela publicada por una mujer mexicana; posteriormente, en 1887, apareció La hija del bandido o Los subterráneos del Nevado.
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